Los problemas de salud mental, la nueva pandemia en las aulas

Los problemas de salud mental, la nueva pandemia en las aulas

Foto: David F. Sabadell

La crisis del covid-19 ha provocado un aumento de hasta el 47% en los trastornos de la salud mental de los niños, niñas y adolescentes. Daños colaterales de unas restricciones que hoy se difuminan al tiempo que afloran sus consecuencias.

SARA PLAZA CASARES

Sin hidrogel, ni mascarillas, pero con un aumento de hasta el 47% en los trastornos de salud mental de los niños, niñas y adolescentes, según los datos que manejan los expertos. El curso que empieza arranca sin medidas de restricción por el coronavirus pero con una gran mochila en lo que se refiere a la salud mental del alumnado. El pasado 2 de septiembre gobierno y comunidades pactaban eliminar los últimos restos de los protocolos anticovid. El último acuerdo supone la vuelta a la interacción entre los grupos, la desaparición de la distancia interpersonal en los comedores o el fin de la ventilación permanente. Pero nada se habló de otro problema de salud, que se ha visto multiplicado por la pandemia y que, lejos de disiparse, crece exponencialmente: los trastornos mentales y los trastornos de conducta.

“El covid en la infancia ha significado una pandemia de salud mental”. Quique Bassat es doctor, epidemiólogo y miembro de la Asociación Española de Pediatría (AEP). Por un lado, celebra el fin de las restricciones, no sería coherente ni lógico que, mientras los adultos no cumplen ningún tipo de medida, los niños y niñas “que son los menos vulnerables” siguieran sufriendo restricciones “que ya no son necesarias”. Por el otro, muestra su preocupación por los daños de la pandemia que aún quedan. “Nuestros adolescentes y también los niños y niñas han sufrido mucho y ahora están pagando las consecuencias en términos de salud mental. Nuestro sistema de salud no estaba preparado y no le ha dado la importancia que tiene”, asegura. “Han aumentado los intentos de suicidios, las primeras citas en psiquiatría. Hay unas cifras que asustan y esto ha seguido incrementándose después de la época más dura de la pandemia, que lo que ha hecho es aflorar este problema”, añade.

Los datos, efectivamente, son contundentes. Según el grupo de Trabajo Multidisciplinar sobre Salud Mental en la Infancia y Adolescencia, que integra a la AEP y a otras cinco sociedades científicas, ha habido un incremento de hasta un 47% en los trastornos de salud mental de los niños, y hasta un 59% en los comportamientos suicidas, comparando con los datos de 2019. En el Informe de Save The Children, La mente no espera. Crecer saludablemente, basado en una encuesta realizada en 2021 y que compara los datos con 2017, se recoge que los trastornos mentales han aumentado del 1% al 3% en niños, niñas y adolescentes de entre 4 y 14 años y del 4% al 7% en el caso de los trastornos de conducta. Porcentajes que se elevan hasta el 13% en los niños y niñas que viven en hogares de bajos ingresos. Hablan de ansiedad, de depresión, pero también de trastornos de déficit de atención, hiperactividad, comportamientos destructivos y desafiantes.

“Durante el año 2020, se suicidaron en España 14 niños menores de 15 años, el doble que el año anterior, y entre los jóvenes de 15 a 29 años el suicidio es ya la segunda causa de fallecimiento, solo superada por los tumores malignos”, alertan desde el grupo de Trabajo Multidisciplinar. Además, los diagnósticos relacionados con trastornos mentales en Urgencias Pediátricas aumentaron un 10% entre 2019 y 2021.

“Es una época de crecimiento y de inseguridad. Han visto muerte, pérdida de empleo, sufrimiento y no lo han podido compartir con sus amigos. Muchos de esos problemas se hubieran podido resolver con los apoyos habituales, pero no estaban. Por algún sitio tenía que aflorar”, expresa Bassat.

Soledad acompañada

Diana Díaz, directora de las líneas de ayuda a la infancia de la fundación Anar, aporta más cifras. A su teléfono han llegado llamadas que dibujan, en su conjunto, un escenario “alarmante” que se refleja en su último informe de 2021. “El 32,5% de las consultas de niños, niñas y adolescentes hace referencia a un problema de salud mental y ha habido un incremento del 54,6% de casos con respecto al año anterior. Solo en 2021 atendimos 7.770 peticiones de ayuda por pensamientos suicidas, intentos autolíticos y autolesiones” describe.

Para Díaz este tipo de cuestiones se relacionan con el uso de tecnologías, la soledad y con el aumento de las tensiones en casa. Habla de la “soledad acompañada”. “Los menores de edad nos trasladan tristeza, frustración, miedo y dificultad para gestionar las emociones. Y cuando las han podido verbalizar no se han sentido suficientemente acompañados y apoyados por las personas de su entorno. También se percibe una escasa disponibilidad de los referentes emocionales derivada de las presiones económicas que han sufrido las familias, empleo, enfermedad o  teletrabajo que nos hace estar menos disponibles. Este es un relato muy común en las peticiones de ayuda”, expresa Díaz.

La portavoz de la fundación Anar sí destaca un efecto positivo de las restricciones pandémicas: la bajada de ratios con la creación de grupos burbuja. Para Díaz, esto redujo el porcentaje de acoso escolar porque había más supervisión y más acompañamiento. “Era más fácil para el profesorado percibir situaciones de acoso. Es una medida que se podría replicar si existieran los medios”, lanza como propuesta.

Sin herramientas en los colegios

Tanto Quique Bassat como Alexander Elu, especialista en pobreza de Save The Children y coordinador del informe sobre salud mental, comparten que las escuelas hoy en día no están preparadas para esta nueva “epidemia”. “Hay una necesidad de dotar a las escuelas, y a la comunidad educativa en general, de los recursos y la formación para poder hacer una detección temprana de estos problemas de salud mental. Hay una falta de formación específica del profesorado para detectar y poner freno a estos problemas antes de que se hagan más serios”, relata Elu y ofrece una herramienta como ejemplo: la implementación de una figura de referencia en salud mental en los centros, cosa que se ha experimentado en el Reino Unido, que ayuda a formar a los profesionales. “Introducir esta figura en los 19.000 centros públicos tiene un coste de 44,6 millones de euros”, añade.

Elu habla también de implementar programas específicos de promoción y prevención de la salud mental “que generen autoconciencia y poder llegar a detectar cuando algo no va bien”. “La formación y la introducción de programas específicos, naturalizando y transversalizando la salud mental dentro de lo que es una formación integral en la escuela, son importantes para manejar los trastornos que han aumentado como efecto de la pandemia”, indica.

Para el portavoz de Save The Children las medidas en este sentido comienzan a aflorar en el debate, pero aún queda tiempo para que se conviertan en una realidad. Y pone un ejemplo inserto en la Ley de Protección Integral a la Infancia y la adolescencia frente a las Violencias, la LOPIVI. Esta dicta la necesidad de establecer protocolos específicos en las escuelas para crear entornos seguros en el ámbito escolar. “Esto es obligatorio pero está pendiente de implementación por parte de las comunidades. Existen avances pero de ahí a la implementación hay un trecho”. En este camino está también el Plan de Acción de Salud Mental, dotado con 100 millones de euros. “Es un avance pero no todos esos recursos van a ir a la escuela y el problema de la salud mental infantojuvenil no se va a resolver con esos 100 millones de euros”, descata Elu.

Los expertos avisan de que parte de estos problemas son las consecuencias de unas decisiones que se tomaron durante la pandemia sin tenerles en cuenta. Restricciones que limitaron su día a día, a veces con excesiva dureza y con poca justificación. “Primero costó convencer que no eran supercontagiadores, que no merecían estar encerrados y que no eran responsables. Las medidas más drásticas se hicieron con los niños. Algunas medidas estrictas se han mantenido en las escuelas y ha costado mucho convencer que podíamos avanzar más rápidamente. Por ejemplo, costó muchísimo poder quitar las mascarillas en el patio cuando ya nadie las llevaba en exteriores. No les hemos tenido en cuenta”, concluye Bassat.

Este artículo fue originalmente publicado en elsaltodiario.com

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