Por lo menos, no insultar a las víctimas

Por lo menos, no insultar a las víctimas

Sería el año 1971 cuando el profesor Don Eusebio me tiró el borrador del pizarrón a la cabeza (un cacharro de madera maciza que debía pesar más de medio kilo) porque, distraído, me había quedado sentado mientras sonaba el himno nacional al comienzo de la clase. Nuestra obligación era ponernos respetuosamente firmes y guardar silencio. Encima de la pizarra, colgaba un crucifijo y un retrato de Franco. Y por la ventana se podía ver, en efecto, la bandera rojigualda que ondeaba a lo alto. Estos eran nuestros símbolos. Y se parecen mucho, muchísimo, a los que José Ángel Antelo ha declarado que «nos representan y nos unen a todos»: la bandera, el crucifijo y el himno son casi lo mismos; el retrato, al fin y al cabo, es heredero de una decisión del dictador Francisco Franco, sobre la que luego Adolfo Suarez se negó a consultar a los españoles porque las encuestas no avalaban la monarquía.

Para mí, personalmente, esos símbolos representan los únicos años en los que he sido espantosamente infeliz en toda mi vida. Fueron doce años encerrado en una prisión ideológica totalitaria, gestionada por unos marianistas en general psicópatas, muchos de ellos pedófilos (como luego se ha demostrado en los tribunales), algunos sádicos de manual, que se satisfacían matando a hostias a niños pequeños. Luego te amenazaban con las penas del infierno por masturbarte. A mí, como tenía hermanos mayores y un consecuente «prestigio zumosol», mis compañeros nunca se atrevieron a considerarme marica, de tal manera que me ahorré la celda de castigo en la que el colegio se convertía para los sospechosos de homosexualidad: doce años de torturas, siete días a la semana. Pero muy cis tampoco era, así es que igualmente me asfixiaba en el ambiente machirulo que la separación de sexos, el franquismo y la Iglesia habían apuntalado. Un desastre humano estremecedor.

Algunas leyes educativas y la enseñanza pública han acabado con esa atrocidad. La cosa sigue coleando, por supuesto, en los colegios privados y concertados, en los que los padres pueden todavía prohibir a sus hijos el contacto con la diversidad, encerrándoles en la cárcel ideológica de sus prejuicios de derechas o de izquierdas (mayormente de derechas y católicos). Pero, por lo general, el progreso ha sido un verdadero paso de gigante. La enseñanza pública, por ejemplo, ha conseguido que, actualmente, la sociedad española sea una de las menos homófobas del mundo. No es poca cosa, aunque sea tan sólo un ejemplo. De todos modos, se acabaron las hostias, y se penalizaron los abusos sexuales, el acoso, los castigos humillantes… en fin, se ha logrado civilizar bastante toda esa barbarie.

En virtud de ese progreso, algunos nos hemos esforzados por olvidar tanto sufrimiento y tragar con esos símbolos que según Vox y el PP tanto nos unen. Nos ha costado mucho, sí, porque el caso es que toda esa tortura escolar (al mismo tiempo que la tortura policial en las comisarías), sonaba, tenía música, tenía ritmos, tenía símbolos, tenía colores rojos y gualdos. No ha sido fácil poner entre paréntesis todo eso. Ni el mejor psicoanalista del mundo podría lograr que el himno nacional dejara de sonar a sangre, torturas, represión, machismo, segregación por sexos, abusos, incienso y confesionario. Al menos, para algunos, para los que ahora tenemos sesenta años.

Pero hemos puesto todo nuestro voluntarismo cívico para olvidar nuestra condición de víctimas del terrorismo nacional-católico y por no sentirnos insultados. En esto hemos sido la comunidad de víctimas del terrorismo más condescendiente del mundo. Y lo hemos hecho con magnánima alegría, intentando recordar cuando vemos la execrable bandera rojigualda que una vez significó que habíamos ganado un mundial o no sé qué copa. Lo del himno no tiene remedio porque es una música horripilante, pero también hemos hecho lo posible para no asociarlo con los curas pederastas y los torturadores de la Dirección General de Seguridad. Lo único que pedíamos era que no se nos tocaran las narices traspasando los límites del sarcasmo.

Es más, nuestra relación con los símbolos patrios giró 180º con el surgimiento de Podemos, a partir del 15M. Estaba muy claro que la izquierda nunca lograría gobernar agitando banderas republicanas, hoces y martillos. Había que explicar a la «gente» que merecía apostar por un «patriotismo constitucional» a favor de un país que blindara su seguridad social, su escuela pública y su derecho laboral. Un patriota, como decía Pablo Iglesias, no es alguien que lleva la bandera española en la correa del perro, sino alguien que paga impuestos y defiende nuestras instituciones de garantía respecto a nuestros derechos constitucionales. ¿Esta forma de «patriotismo» no tenía símbolos? ¿No convenía que los tuviera? ¿Nos podíamos permitir cambiar de símbolos para cambiar de mitos y quien sabe si de dioses? Este es el tema del último libro de Santiago Alba Rico: España. No es un problema fácil (el libro, aunque lo parezca, tampoco lo es). En la propia portada del libro tenemos una esperanza, la de que algún día, en lugar de excluyentes banderas afiladas, agitemos simpáticos banderines de colores. Pero por ahora no hemos encontrado la fórmula para ello. Y el camino que ha emprendido Vox con su propuesta en Murcia va en dirección contraria.

La cosa podría haber quedado en El Mundo Today o haber pasado sin más trascendencia como una ocurrencia o un chiste de mal gusto. Pero resulta que ha tenido un cierto eco en el PP e incluso en C’s. Esto involucra a la mitad de la población española en una burla a las víctimas que, bajo esos símbolos patrios -la misma melodía, los mismos colores- fueron encarcelados, torturados, fusilados, marginados por su condición sexual o por haber perdido la virginidad antes de tiempo, víctimas que sufrieron brutalmente la segregación de sexos, a las que se les obligó a vivir en un ambiente masculino o femenino que, bien sazonado con dogmas religiosos abominables, se convertía siempre en el mejor caldo de cultivo para lo más vil y mezquino del espíritu humano.

Como dijo en una ocasión Richard Dawkins, «las personas buenas hacen cosas buenas y las personas malas hacen cosas malas. Para que las personas buenas hagan cosas malas, hacen falta las religiones». El nacional-catolicismo, a golpe de bandera e himno, inventó la infalible receta para convertir a los adolescentes en una pandilla de acosadores, machistas, maltratadores, abusones lobotomizados idiotas de remate e, incluso, en malas personas. Como dice el joven Lincoln en la película de John Ford: «Hay cosas que hacemos juntos y que nos avergonzaría hacer a solas». A solas todos teníamos un pase, juntos éramos una horda repulsiva, machista, homófoba y potencialmente criminal. De lo que mientras tanto pasaba con el sexo femenino no tengo ni idea, porque ni sabía que existía.

Todo esto podría superarse y precisamente en la escuela pública. Pero sin escupir sobre la memoria de las víctimas, como ha hecho ese señor de Vox al que ha secundado el PP.

El mejor servicio que se puede hacer a la escuela pública no es adornarla con banderas y retratos. Bastaría, para empezar, reconocer que es probablemente la institución más noble y más bella que ha inventado la Humanidad. Y que esto es así, precisamente, porque nos permitió romper con el adoctrinamiento ideológico y sectario. La escuela pública es, de hecho, lo único que ha inventado la Humanidad para combatir el adoctrinamiento, la única receta que existe para proteger a los menores del totalitarismo ideológico que los padres podrían imponer sobre sus hijos, educándoles exclusivamente en sus prejuicios sectarios e impidiéndoles, así, el paso a la ciudadanía y la existencia civil.

La Constitución defiende la libertad de enseñanza, pero no creo que defienda el derecho de los padres a impedir que sus hijos conozcan otra realidad y otros valores que los suyos propios. La libertad de enseñanza es, ante todo, el derecho que tienen los niños a librarse de sus padres. Y eso sólo lo puede garantizar la escuela pública, en donde los profesores serán diversos  y los alumnos, también. Es un auténtico milagro civilizatorio que un niño pueda tener un profesor de Matemáticas homófobo y una profesora de Educación Física transexual, una profesora de lengua votante de Vox y otra de Historia de Unidas Podemos. Un compañero de pupitre latino y una compañera senegalesa, otro rico y ateo y otro quién sabe si pobre y testigo de Jehová, al tiempo que él mismo es, por ejemplo, musulmán o, quizás, pastafari. Esto lo garantiza la escuela pública y lo imposibilita la escuela privada y concertada, donde se exigen carnets ideológicos para ingresar, además de imponer  tasas que filtran a las clases sociales.

Esto es lo mejor que se puede hacer para mejorar la escuela pública o por lo menos para impedir que se siga deteriorando: recordar que fue ella la que nos libró de la atrocidad nacional-católica, cuando entrábamos en clase con el himno nacional (desdichadamente con el mismo que tenemos ahora) y teníamos una bandera roja y gualda en todas las esquinas. El rojo representaba la sangre de los españoles asesinados por los masones y los comunistas. Y el gualdo era el color del oro de Moscú que había robado el gobierno republicano. Ha sido muy difícil olvidarnos de todo esto. Pero, de vez en cuando, conviene recordar que la escuela pública ha sido y sigue siendo el mejor instrumento para librarnos de ello. Ese es el primer paso para reconciliarnos con nuestros símbolos patrios.

Este artículo fue originalmente publicado en publico.es

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